
Investigar sí, creatividad toda la que se quiera, pero –si puede ser- sin tomaduras de pelo. Aunque siempre habrá quien piense que, mientras haya snobs (recordaba Ortega y Gasset en La Rebelión de las masas que el origen de la palabra se sitúa en Inglaterra, cuando en las listas de vecinos se usaba como una abreviatura de sine nobilitate) con pasta y masoquismo suficientes como para prestarse a hacer de cobayas, allá cada cual.
No obstante, tampoco creo que esa idea, que Santamaría ya había expresado en la última edición de Madrid Fusión, se pueda aplicar de forma indiscriminada. Los guisos son cojonudos para la semana, el cocido de mi madre es de lo más sabroso que he probado, ahora bien reducir todo a la realidad garbancera no resulta enriquecedor, original, ni tampoco tiene demasiado fundamento. El rey no está siempre desnudo y pregonarlo así no es, por tanto, una prueba de valor sino de lo injusto que suele ser lo de ponerse a generalizar.
¿Por qué esa tendencia a situarnos en posturas aparentemente irreconciliables, en maximalismos artificiosos? El producto y la imaginación no se niegan mutuamente. Sano es el debate y sano debe ser el contenido del plato. No tiene sentido andar dándole vueltas si, como la venganza, se debe servir frío o caliente. Todo tiene su momento y cada cosa a su tiempo.