
Delincuente político, terrorista común... no vale la pena insistir en lo miserable de la infamia. Aunque de natural muy escéptico, bastante descreído y un poco irónico, no soy en absoluto malpensado. Creía sinceramente que la izquierda tradicional había contabilizado y asumido los errores históricos del comunismo y –en aplicación, precisamente, de su legendaria autocrítica- que se hallaba en un proceso de reconstrucción ideológica, desde la caída del muro cuando no desde que las tropelías dictatoriales del socialismo real fueron saliendo a la luz. Por eso, tales muestras de sectarismo e intransigencia dogmática, que chocan frontalmente con la tozudez de unos hechos indefendibles, no dejan de asombrarme. Y argüir que un eventual oponente político hace lo mismo o algo peor, es mal argumento.
El pacto de Toledo consiste en eso; en un pacto de silencio sobre los abusos e iniquidades del régimen castrista.
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