martes, 22 de abril de 2008

El caballero y el dragón I (relato)


Entonces no se sabía, pero ahora podemos decirlo con absoluta seguridad: Toda la ensoñación en la que vivió esa semana, cuando se sintió poseído por fuerzas extrañas, cuando vagaba entre brumas, en un universo mágico, no fue sino fruto de una enfermedad causada por la picadura de una garrapata. La fiebre botonosa le tuvo sumido en una profunda confusión mental, con malestar, agudos dolores de cabeza y en grave peligro. Sobre todo, frente a sí mismo.
Don Nuño había llegado con las huestes que tomaron el curso inferior del Ebro e iniciaron la conquista a los musulmanes de las tierras de Matarraña. Lo que pasa es que, entonces, esas cosas iban a su ritmo, sin demasiadas prisas. Además, los pleitos que tenía su señor don Alfonso en Occitania y la Provenza, apenas le dejaban tiempo para esos negocios de ganarle terreno a la morisma.
El rey, hijo de Ramón Berenguer, conde de Barcelona, y de doña Petronila, tomó el apelativo de un hermano de su abuelo, el llamado Batallador. Este don Alfonso pasó a la historia con el apodo de El Casto y fue el segundo que reinó con tal nombre en la Corona de Aragón (el primero fue el tío abuelo al que se ha hecho mérito) y con ese sobrenombre en los reinos hispánicos, porque muchos años antes hubo otro Alfonso II El Casto, pero en Asturias.
Don Nuño recibió del rey, en recompensa a sus valerosos servicios, un castillejo en regular estado, cerca de la villa de Perales, así como la mano de una sobrina del noble don Mingo, con su dote correspondiente. La muchacha acababa de cumplir los catorce años y no bien la hubo desposado se establecieron ambos en su nuevo hogar, aplicándose a la tarea de embellecerlo y a la de acrecentar la familia y la especie humana. Con el castillo venían los predios y casas que lo circundaban a una distancia equivalente a tres veces el alcance del dardo lanzado por una ballesta, y se incluía un molino, junto a un arroyuelo que llevaba sus aguas a las del Alfambra, y una herrería modestamente equipada.
Aunque el rey de Valencia, Ibn Mardanis, asediado por los almohades, se había convertido en tributario de Aragón, don Alfonso toleraba los asaltos en tierras levantinas por parte de los caballeros aragoneses. No se podía decir que animara a efectuar esas expediciones, ni siquiera que las autorizase de forma expresa, pero no estaban mal vistas y servían para entretener la belicosidad de sus guerreros. El aragonés colaboró con su cuñado, el rey castellano, en la conquista de Cuenca y hubo de cederle, no de buen grado, el mayor protagonismo en la incorporación de las tierras de Al-Andalus. Con Alfonso VIII firmaría la paz de Sahagún y el Tratado de Cazorla, que cedería a Castilla el derecho a la conquista de Murcia. Ya hubo de desistir una vez de ganarla para su causa, cuando atacó esta ciudad y la taifa de Játiva, de acuerdo con el emir sarraceno de Valencia que sucedió al fallecido Ibn Mardanis. Se vio obligado a retirarse a causa de una incursión de Navarra en las fronteras de Aragón. Por entonces, se pobló y refundó Teruel como base para lanzar ataques contra Valencia, dándole el feudo a don Berenguer de Entenza y concediendo a sus pobladores el fuero de Sepúlveda. Eran tiempos contradictorios, en los cuales convivían pacíficamente mozárabes en reinos mahometanos y morabitos en los lugares reconquistados para la cristiandad, y, mientras tanto, las mesnadas de unos y otros se internaban en territorio enemigo, se saqueaba a placer a los vecinos, se tendían celadas, se incendiaban casas y cultivos, se apresaba y exigía el pago de rescates, se protegía o sometía a vasallaje a reinos y señores y se defendía a las mujeres con la espada o se las tomaba por la fuerza. Don Nuño, que ocasionalmente formaba parte del séquito del rey cuando visitaba aquellas tierras, vivía a tres jornadas a poniente y otras tantas al norte de los dominios de los islamitas. Mientras no se guerreaba, él, lo mismo que otros infanzones jóvenes y fogosos, ponía a prueba su valor librando justas y torneos. Tenían las armas siempre a punto y de forma regular hacían prácticas de tiro. Con ello y con las cabalgadas a lo largo de las llanuras aragonesas, se mantenían vigilantes y prestos frente a las eventuales ofensivas enemigas. Nuño, además, atemperaba su espíritu combativo con la caza y las correrías que emprendió tras las mozas de los contornos, tan pronto su jovencísima esposa empezó a acusar cierto empacho ante tanto ímpetu amatorio como manifestaba.

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