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sábado, 6 de diciembre de 2008

Elementos sospechosos

Como decía unos posts más abajo, mi deporte favorito era la discusión, pero me aburrí de polemizar y me dio por el ciclismo. La bicicleta es más sana pero también más cansada, una actividad más física y con menos química, así que di pedales hasta que me harté de las apreturas del maillot y del culotte, de la ridiculez del dodottis incorporado, una especie de compresa XXL de gomaespuma, y de las fatigas de la carretera. No me colocaba el gorro para protegerme sino para que no me conociera la gente. Los ciclistas dicen tener una relación especial con su bicicleta, a mí nunca me ocurrió. En los insoportables días de viento, me daba por pensar que no había salido a luchar ni contra los elementos ni contra las elementas (antes se decía así). La modernidad incorpora unos vocablos y desecha otros, y la corrección política del lenguaje tiene algo de moda: unas veces impone el femenino y otras lo proscribe. Después de una caída dolorosa, la bicicleta acabó en el balcón oxidándose, con las ruedas deshinchadas y llena de polvo, irrecuperable, junto a una botella de butano y tres macetas, dos vacías, encajada la una en la otra, y la tercera con un tallo mustio y la tierra dura y reseca. Al verla, me acuerdo y le meto patadas de rabia. Sin embargo, en vez de volver a la polémica, al menos en tertulia con nadie, he regresado a la lectura, a la discusión conmigo mismo y, ocasionalmente, al cambio de impresiones por escrito. ¿Por qué digo todo esto? No sé, me he perdido.
Ayer, el periódico La Razón señalaba a la Monarquía como la institución más valorada entre los españoles. A mí, conste, no me preguntaron. En Público sacan hoy la Constitución en portada y plantan este titular: “No es la Biblia”. Y si lo fuera, ¿a ellos qué? En páginas interiores, se desarrolla el asunto: “El PCE se desvincula de la Constitución de 1978 y llama a una ‘ofensiva republicana’”, a la vez que “defiende ‘desmontar el mito’ de que España le debe al rey ‘la democracia y la libertad’”. En eso, coincido con el PCE (por cierto, ¿aún queda alguien ahí?) a condición de que no se adjudiquen ellos el mérito. Estaría bueno. García Trevijano, notario y notorio republicano, aseguraba Carrillo que suscribió los Pactos de la Moncloa porque se quedó deslumbrado cuando le invitaron al palacio de ídem y descubrió la cautivadora sensación de que un criado te deslice una silla bajo el culo. Nunca lo he probado conque no lo sé. Como decía aquel viejo aforismo sobre la izquierda –que seguramente suscribiría Vázquez Montalbán- fueron a tomar el palacio de invierno y no pasaron de la cocina. Santiago (y cierra España) es un político amortizado y en entredicho. Él y Fraga forman el yin y el yang, las dos caras de una misma moneda. Son elementos de Transición. Frente a éstos –y junto a ambos- hay mucho elemento sospechoso suelto; sospechoso de aventurerismo, de propugnar el salto al vacío y de tapar su mediocridad con críticas acerbas a las imperfecciones de las obras ajenas. Son elementos que le recuerdan a uno, como el plutonio y el estroncio, el veneno letal y la descalificación soez. Treinta años después, seguimos pensando que la Constitución y lo que de ella se sigue es algo provisional y por más vueltas que le damos al envoltorio no encontramos la fecha de caducidad. Ahora bien, la mala calidad de la legislación que se viene dictando en la actualidad actúa de antídoto respecto a los ataques a la Carta Magna. Continuamente la están haciendo buena.
Tras el entierro de Ignacio Uría (y la infame partida de cartas) queda una imagen en la retina, si no de consuelo, al menos aprovechable: la de Rajoy y Zapatero juntos. Durará poco, probablemente menos que el lío montado en la FEMP por su insensato presidente. Hay un hadiz que aconseja: “Confía en Alá pero ata primero a tu camello”. Aquí no confiamos en nadie y nada dejamos atado. Será porque nos recuerda a algo. Al margen de las críticas justificadas y razonables, me da la impresión de que estamos contagiados por los partidos nacionalistas: hasta CiU, que participó en su elaboración, reniega de la Norma Suprema. Entre unas cosas y otras, hemos llegado a un estado depresivo, a añorar el espíritu ilusionado de la Transición, el compromiso, la negociación, el debate tan apasionado como civilizado, el consenso y la concordia. A la Constitución le vendría bien un repaso en profundidad, pero, tal y como está el panorama, y con determinados elementos sospechosos en danza, el que quiera, que la celebre; el que no, no, pero de momento lo mejor sería dejarla estar.
Si bien nos retrotrae a Fernando VII, el de “vivan las caenas”, el que usaba paletó, el Deseado (luego se arrepentirían), don Fernando el de los güevos colgando, Fernando que es gerundio, aquel bellaco del “vayamos todos y yo el primero por la senda de la Constitución” (mentira podrida, claro), “La Pepa” es una referencia válida. Recordándola, y sin que sirva de precedente, gritaré ¡viva La Nicolasa!, que, además de la onomástica del día, es el nombre de mi abuela (q.e.p.d.).

martes, 25 de marzo de 2008

chikilicuatre a urovisión


Chikilicuatre ha pasado de significar graciosillo sin fuste o chisgarabís, a usarse como guiño de complicidad, apelativo cariñoso, lugar común y, como todo lo que se pone de moda de pronto, latiguillo de conversación efímero (¿alguien se acuerda del fistro o del cuñaaaao?) Es decir, que ya está trascendiendo el apodo del artista ese, de nombre de pila Rodolfo.
Aunque uno siempre ha tendido a creer otra cosa –más por deseo personal que por verdadera convicción- los criterios estéticos (el buen o el mal gusto) dependen de su grado de penetración y del impacto que produzcan. A la larga, de forma activa o, sobre todo, pasiva (actuando como caja de resonancia), las masas son entes productores de tendencias. Cuanto más numeroso sea el público al que llega, mayor es el éxito de las corrientes y la posibilidad de que éstas se consoliden como tales. Es de perogrullo que la sociedad crea movimientos sociales. Resulta curioso –y aleccionador- observar cómo determinados comunicadores en principio acreditados dan un salto cualitativo (o tal vez estaría mejor decir cuantitativo) en su carrera cuando abandonan el tono serio para ahondar en la cutrez y en la horterada: Buenafuente sigue los pasos de Sardá. Hablando de Memoria, ¿alguien recuerda a dos señores situados ideológicamente en polos opuestos, que en la más tierna Transición hacían un humor inteligente con abundantes referencias políticas? Tip y Coll, claro. Pues eso.
Total, que andaremos todos poniéndolo a caer de un burro hasta que nos descubramos tarareando la melodía-loctite, o nos la bajemos para el móvil, o veamos a una moza de buen ver (o viceversa) meneando su (de ella o de él) chikilicuatre, o dándole al chiki-chiki, y caeremos en la cuenta de que era la octava maravilla.
Me dicen que en una de las últimas ediciones del Festival de Eurovisión salió un pavo, pero no como sinónimo de menda sino así, literal, vestido de gallinácea, no sé si con el cuchillo de trinchar clavado. ¡En fin! Me estoy haciendo viejo.

lunes, 24 de marzo de 2008

Partidos por la mitad

La Memoria Histórica es definitoria del momento político que vivimos y, a la vez, causa y consecuencia de la tirantez en las relaciones entre los partidos. Éstos, en la Transición, hicieron labor de ahormar y encauzar a la ciudadanía en su expresión política; una actividad que –aunque a mí no me guste especialmente- resulta muy acorde con las funciones que les atribuye el artículo 6º de la Constitución: “concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular”. Así, el Partido Comunista llevó a los más extremados de entre la izquierda al redil del respeto a la bandera, la monarquía parlamentaria y la democracia burguesa, mientras Alianza Popular controló a los sectores ultras de la derecha. En este momento parece que ocurre al revés, y que todos se están dejando arrastrar por los halcones de uno y otro signo.
Ahora que al gobierno socialista le ha dado por resucitar la Guerra Civil y sus circunstancias, con el acompañamiento musical de que se trata de recuperar la memoria histórica, reivindicar los valores republicanos y rescatar del olvido a las víctimas (sólo a unas), cualquier objeción en torno a la conveniencia u oportunidad de la campaña (en el fondo, que ya está bien) es neutralizada rápidamente con una mirada de reojo, en funciones de antídoto, displicente y acusadora: “o sea que tú eres facha ¿no?”. Esta merienda de negros le sirve al PSOE para maniatar al PP tildándolo de heredero del franquismo mientras ellos se sitúan en el lado correcto, en el bando de los buenos.
En realidad, en vida de Franco se habló de la Guerra constantemente aunque entonces, claro está, desde otra óptica. Los primeros años de la Transición trajeron la polémica, la confrontación de opiniones, y sacaron a la luz a los partidarios de la República. Luego, las aguas volvieron a su cauce y se serenaron: cuarenta años después, parecía que los muertos estaban definitivamente bien enterrados, descansando en paz. En coherencia con la actual puesta en cuestión de todo lo que la Transición fue y representó, se vuelve a agitar los podridos espantajos, a desenterrar los cadáveres. Igual que entonces. Que sean otros los fantasmas que se airean es lo de menos, todos huelen igual de mal. (Con perdón para los fallecidos y sus familiares). ¿A alguien puede extrañar que haya muchos a los que nos parezca rancio, hediondo, descompuesto?
Esta movida es de ida y vuelta. ¿Para qué acordarnos de Badajoz o Paracuellos? ¿No son más los perjuicios y perjudicados que beneficios y beneficiados? ¿Cómo se pretende convencer sobre una determinada visión de la Historia cuando no se ponen de acuerdo en el diagnóstico del momento en que vivimos? Encima, son precisamente las posturas actuales –situadas una frente a otra- las que determinan y condicionan los dos posicionamientos sobre el pasado. Unos claramente conculcadores de la legalidad republicana y los otros, supuestamente, en el revisionismo histórico, también golpistas, en prueba de lo cual se aduce la Revolución de Asturias y la proclamación del Estado Catalán, ambos en octubre del 34.
¿A qué viene resucitar el uso de facha y rojo como dardos y recuperar viejas invectivas? Pues de eso le preguntaba, entre sorprendido y quejoso, Gabilondo a Víctor Manuel, en una entrevista reciente. La campaña electoral se ha basado en agitar en la prensa espectros catastróficos, cada uno los suyos. Decía Cebrián, en un artículo de opinión, que el régimen político español sería, más que una democracia, una mediocracia, por tratarse de la tiranía de los medios de comunicación y del gobierno de los mediocres. Esa reflexión –que según confesó era de Felipe González- la completaba con una idea personal: la miedocracia, o sea pedir el voto sin ilusionar al electorado, tratando de inocularle el miedo al enemigo, de que se contagie del miedo ambiente.
Unos y otros debían ser más radicales, pero no a la manera en que se entiende de forma habitual y peyorativa (irresponsables) sino como lo formulara en su día Alfonso Guerra, en el sentido literal y semántico: ir a la raíz de los problemas para poderlos resolver. No hay un partido bueno. A veces, media parte y, en general, ni siquiera llega a los 45 minutos, con veinte vas que chutas.

sábado, 22 de marzo de 2008

Memoria histérica


Ya ven, resulta que tenemos un Presidente patanegra, y no porque la tenga mala (del lado oscuro), ni tampoco porque no pare de meterla en trampas, agujeros, charcos y jardines de donde resulta difícil extraerla luego, sino por su abuelo, el que le mataron en Guerra. Por eso, después de arrojar la primera piedra, anima a los suyos a que le imiten; pero, ¿está seguro de que sus huestes se encuentren en condiciones equiparables de lapidar? Al contrario que muchos jerifaltes socialistas y gentes de todas las tonalidades del rojo (no digamos los otros), ZP sí tiene y acredita inmaculados antecedentes y exhibe musculoso pedigrí. Pos güeno, mejor para él. Será por eso que la ha cogido llorona con la Memoria Histórica.
De todas formas, no se entiende muy bien ese empeño de enmendar la plana a la Transición, salvo que Zapatero quiera colgarse medallas a costa de quitárselas a otros, incluido Felipe González. La Ley de la Memoria Histórica va dirigida, en fin, a desmemoriados y veinteañeros, que ignoran la operación de catarsis que llevaba incorporada la Transición. ¿En qué país “normal” la historia la escribe el Parlamento en lugar de los historiadores? Prácticamente todas las medidas reparadoras de la Ley estaban ya adoptadas a través de disposiciones que derogaban situaciones de injusticia, declaraban nulas sanciones y procedimientos represivos y restauraban patrimonios como el sindical (ésta llevada a cabo por el PSOE a favor de la UGT y en detrimento de la CNT) y, en su mayor parte, fueron acometidas por la UCD. Se pretende rederogar normativa expresamente derogada; lo que convierte a la Ley en algo gratuito e inútil. Olvidadizos son los que no recuerdan a La Pasionaria –a la sazón, símbolo vivo de la España de las dos Españas- presidiendo, como integrante de la Mesa de Edad, una sesión constitutiva del Congreso de los Diputados, o los que ocultan el hecho insoslayable de que al PCE lo legalizó un gobierno de derechas. Después, El Partido se bastó a sí mismo para estamparse, para causar su propia su debacle.
El tupido velo que –supuestamente- se corrió sobre aquel capítulo de nuestra historia no fue el del olvido sino tal vez el de la vergüenza, quizás el sentimiento colectivo de oprobio, y seguro el deseo de reconciliación, basado, mucho más de lo que ahora se quiere admitir, en familias con diversa filiación política, en militantes de izquierda cuyos padres hicieron la guerra en el otro bando, en matrimonios de procedencia dispar, y sobre todo, en el hecho de que se dejara de mirar el origen, el ADN de la década de los treinta. ¡A ver si ahora va a resultar que para emitir el voto vamos a tener que estudiar las ramas que le salieron a nuestro árbol genealógico hace setenta años! En la Guerra ya hubo familias que dispararon desde trincheras opuestas (ahí está el caso significativo de Durruti) y a menudo la contienda se convirtió en un lodazal para dirimir conflictos y liquidar deudas de dudosa índole. El Presidente Patanegra no acaba de dar con la fórmula para aliar civilizaciones, pero no para de soliviantar pueblos y, por el camino que va, empezará a enfrentar familias (por lo dicho; no por nada relacionado con los homosexuales). No se puede saber si su actuación y su discurso no están alimentando el revisionismo histórico y sacando a relucir de rebote los fusilamientos, la represión, las sacas, los paseos, las checas, incluso las razzias en un mismo bando. Unos y otros se retrotraen a la inocencia de la época: Stalin y Hitler ya estaban en danza pero aún no se sabía de su capacidad sanguinaria. Ni los fascismos habían alcanzado su apogeo ni se había levantado el muro, ni el de Pink Floyd ni el otro. Ahora, a cojón visto, todos, unos y otros, saben seguro que es macho.
No hace tanto, en la última etapa del reinado papal de Wojtyla, muchos poníamos en cuestión, precisamente por las mismas razones, la beatificación de los curas asesinados en la contienda por el mero hecho de serlo (curas). Estamos en las mismas o parecidas.
Documental en Canal 33: «Como era católico, me alisté para defender la religión» [¿a tiros?] (falangista de primera hora). «Decías: “esto queda requisado y punto”. No sabe usted la autoridad que da un fusil» [no sería autoridad moral, claro] (militante del POUM). Aunque también habría de los otros –y quiere uno creer que serían la mayoría-, oyendo cosas así no puedes dejar de sentir escalofríos, de pensar en fascistas violadores, salvajes y vengativos, arrebatados por la histeria colectiva de la Nueva Cruzada y en chusma revolucionaria y oligofrénica, ebria de sangre y fuego; en definitiva, en turbas descerebradas ahítas de odio generando muerte, tragedia y destrucción. O sea, nuestros abuelos.
Si lo de la memoria histórica no es contra nadie, si no lleva una carga de revancha, de rencor, activada en su interior, si no se utiliza como arma arrojadiza, entonces es un brindis al sol, y si es contra alguien, habrá que andarse con ojo porque es un arma de doble filo. Por ejemplo, lo de Andreu Nin.
Eso de presumir de rancio abolengo, como de tener los ocho apellidos de izquierdas, igual que la prueba de sangre, es de mala educación (sobre todo, cuando todos los que le rodean no pueden hacer lo propio) y de una vulgaridad obscena. Será patanegra pero abrir esa Caja de Pandora no creo que sea cosa de talante y, desde luego, nada de buen rollito. Está bien hacer un ejercicio de retrospección, sin nostalgia y con sentido del humor, pero me da que, para ese viaje, mejor no llevar alforjas; es preferible tener memoria de pez. Moraleja: Vale más un lápiz intemporal que una memoria histórica o, como dicen Les Luthiers, “tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria”.

martes, 18 de marzo de 2008

Vanaglorias

Cuando oí a Zapatero repetir (lo había afirmado antes, en el segundo debate) que su partido era el eje de la democracia en España, no pude evitar un emocionado recuerdo para las palabras de quien fuera su antecesor en el cargo, Felipe González, cuando en plena campaña electoral le afeó a Rajoy una auto-loa; censurable conducta en la que había incurrido al compararse con ZP. Eso no se hace, no se puede ir presumiendo de ese modo “aunque sea verdad” (joder, Felipe tira con bala dirigida a su compi), dijo, porque es algo estúpido y vanidoso, insinuó. Luego se retractó de haber llamado imbécil a Rajoy y explicó que eso de alabarse a uno mismo, lo del panegírico reflexivo (o sea propio) era algo pueril. Entre claveles y rosas, su majestad escoja.
Lo que no sé es si, esta vez, la imbecilidad o puerilidad le cuadraría a ZP o al partido, ya que, al contrario que Mariano, José Luis se pavoneó a título colectivo y no individual.
Y además, recogiendo el guante con que carga la apostilla, hay que decir que no, que ni siquiera es verdad, que realmente el PSOE en 1982 se convirtió en prueba pasiva de convalidación democrática al ganar las elecciones, en marchamo de autenticidad, en test de validez de la Transición. Pero la baliza que supusieron esas elecciones es mérito de los votantes (los famosos 10 millones) mientras que en el haber del partido figura el desprestigio posterior: el felipismo. Ese sí es de su exclusiva competencia. Mal que les pese a los nuevos revisionistas, fue UCD el verdadero artífice, con el concurso del PSOE, desde luego, y también del PCE entre otros, de aquel proceso histórico.
La alternancia es norma básica de la democracia ¿burguesa? y en algún momento le tocará gobernar al PP. No creo que haya absolutamente nada de cierto cuando algunos acusan al PSOE de preferir el modelo mejicano ya superado, el del PRI. No hay subconsciente traidor y nada más que inocente engreimiento.

Andreu Nin, descanse en paz

Pertenezco a una generación criada en el franquismo sociológico pero estimulada a indagar en las cuestiones yendo más allá de la versión oficial. Es verdad que aquello de Bermejo (“primero luchamos contra los padres y ahora contra los hijos”) fue una majadería, una fantasmada, pero tampoco la cosa es tan sencilla como la ve César Vidal (que el padre de Bermejo fue Jefe Local del Movimiento y con eso está todo dicho) porque, que yo sepa, la ideología no se hereda ni forma parte del patrimonio familiar. A pesar de que en la concepción judeocristiana de la culpa haya algo de fatalismo, no hay pecado original que no se pueda lavar bautizándose a base de estudiar y leer. Tal vez sea aquella construcción perifrástica que se usaba a la sazón: lo de tomar conciencia. Pero de eso hablaré en otro momento.
Pues en las lecturas de inspiración libertaria de esa época, en la que se practicó un ejercicio de memoria histórica mucho más profundo y honesto, Andreu Nin aparecía como una especie de gran esperanza blanca del marxismo, por mucho que fuera retroactiva y frustrada. Por entonces, la información llegaba nítida; no eran los recientes ecos apagados, pero, en contrapartida, la realidad empezaba a desnudar los mitos. El régimen soviético ya no representaba modelo de nada. Estaba, desde hacía muchas décadas, con los pies hundidos en un lodazal gris, encenagado de burocracia y guerra fría. El bloque del Este quedaba tapado por el muro de cemento que lo encerraba en un recinto frío de cementerio o manicomio. La socialdemocracia, desde siempre, careció de la épica de los movimientos revolucionarios. El estancamiento del eurocomunismo de Berlinguer, Marchais y Carrillo y el experimento truncado de Chile, devolvieron protagonismo a la guerrilla, en Angola y, sobre todo, en la Nicaragua Sandinista. Ondeaba la bandera rojinegra, y no la de Falange precisamente, y otra vez, como en Vietnam, eran expulsados los imperialistas americanos y derrotados sus amigos opresores. Tras el desprestigio del maoísmo con la Revolución Cultural, el icono del Che recuperó el valor taumatúrgico del símbolo, y bajó de los altares de la Cuba castrista y de las paredes de muchas habitaciones en donde seguían colgados sus pósteres, para volver a empuñar las armas contra el fascismo.
En ese nuevo contexto, Durruti o Nin eran los mártires propios, los que venían ligados para siempre a nuestra historia y nuestros ancestros, los héroes eternos e insobornables cuyas muertes, envueltas en un halo de misterio, no hacían sino acrecentar la leyenda de sus vidas. Los trotskistas parecían constituir la única corriente capaz de dar rostro humano al sueño socialista. Nuestra simpatía hacia ellos hoy, con perspectiva histórica, viene de su condición de disidentes y víctimas de la represión tiránica de la URSS.
Más allá de la controversia sobre la participación de Nin en eso que se dio en llamar la Quinta Columna, la rivalidad con otros partidos de filiación marxista (significadamente el PSUC) y en la connivencia de la CNT para ser expulsado del Consell de la Generalitat en diciembre del 36, la toma del edificio de la Telefónica de Barcelona, en mayo de 1937, por parte del POUM y los anarquistas, marcó un hito en la inacabada dialéctica: Guerra o Revolución. La tortura y asesinato de Nin a manos de agentes estalinistas forjaron definitivamente el mito.
Por todo eso, se entiende menos la reacción general de indiferencia cuando aparece la que podría ser la fosa en la que yacen sus huesos. ¿No se merece, según la terminología acuñada por la doctrina de la Memoria Histórica, que sus restos sean honrados y depositados en una tumba con su nombre? Puede que nunca sepamos si eran de él o no, pero es como si hubieran pensado que "vaya muerto que nos ha caído".
Será la astenia pre-primaveral o el Matrix progre, que dice Juan Manuel de Prada.