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martes, 20 de marzo de 2018

Inoportuno oportunismo y otras películas



El oportunismo, a los políticos (como a los soldados, el valor) se les supone. No les ocurre lo que a Chaplin en Tiempos Modernos, que se ven liderando una manifestación sin pretenderlo; su presencia en cualquier movilización jamás obedece a la casualidad.
La comparecencia de Monedero en Lavapiés se puede explicar en ese orden de cosas, y el afán de capitalizar la protesta de los manteros en beneficio propio está justificado, o al menos obedece a esa lógica. Sin embargo, contemplar cómo reprochaba al PP su electoralismo y le acusaba de manipular los sentimientos de dolor por la muerte de Gabriel, en el debate sobre la Prisión Permanente Revisable, y, apenas 24 horas después, aparece doliéndose del fallecimiento del senegalés, resulta estomagante. ¿Cómo no se da cuenta y se apresta a borrar un tuit que sigue apareciendo en su perfil?


Todo el mundo lamenta esas desgracias y hay evidencias de obscenidad en el uso partidista que se hace de las mismas, pero resulta complicado medir la magnitud con que cada cual ha hecho exhibición de sinvergozonería: Ruth Ortiz considera indignante que el PP se aproveche de las víctimas y Blanca Estrella Ruiz, presidenta de la Asociación Clara Campoamor, pidió disculpas por la actuación del PSOE en la tribuna de las Cortes, a la vez que el padre de Diana Quer apelaba a los partidos de izquierda por la postura adoptada. Tampoco está claro cuál es la versión de lo ocurrido con Mame Mbaye que más se ajusta a la realidad. El Twitter de la Policía Municipal se silenció nada más producirse el incidente. Podemos, en Madrid, en la persona de Javier Barbero, concejal de Seguridad, Salud y Emergencias,  parece haber recibido un poco de su propia medicina.
Al margen de los políticos, de sus actuaciones y posicionamientos, después de ver Tres anuncios en las afueras, no me queda claro que las víctimas (sobre todo, las que siguen vivas: ellas o sus familias) no merezcan algún tipo de reparación. Incluso se les niega el derecho a exigir que caiga todo el peso de la ley sobre los culpables y a pedir que el peso se incremente cuanto sea posible. La verdad es que tampoco lo tenía claro antes. Lo que sí le deja a uno atónito es la forma repugnante en que ciertos individuos irrumpen en el debate: Luis García Montero, poeta, profesor universitario y excandidato de Izquierda Unida, ha manifestado que «todos somos Ana Julia Quezada». Lo serás tú.
Otra película que he visto recientemente, The Square, aparte de poner en solfa las pajas mentales y el endiosamiento de algunos artistas de vanguardia, la superchería tiránica de la crítica especializada, el seguidismo borreguil y políticamente correcto que hace (hacemos) el público, le da una zurra inmisericorde al empalagoso y falso sentimiento de solidaridad de muchos intelectuales con los colectivos desfavorecidos, a la artificiosidad cursi de sus poses buenistas, al impostado e hipersensible compromiso de la gauche divine. ¡Ah el buenismo! Y no viene de Gustavo Bueno, quien, a contracorriente del pensamiento único, ya explicaba alguna de los mecanismos que lo rigen en su obra Zapatero y el pensamiento Alicia: un presidente en el país de las maravillas. Bueno catalogaba a la izquierda en «definida», con un proyecto para el Estado, para transformarlo o destruirlo, e «indefinida», la que carece de un proyecto de Estado y se acoge a argumentos éticos. Hay veces en que esa supremacía moral de la que presume la izquierda, la definida o la indefinida, no hay modo de ver en qué se materializa. Pero ahí, creo yo, está la respuesta a la cuestión de cómo es posible que los partidos de izquierda se posicionen en contra de su propio electorado. El periodista Santiago González lo atribuye al legado Zapatero: el odio al adversario es más fuerte que la lealtad a su público. La oposición unida, dice S.G., es como el FPJ en La vida de Brian: el requisito de admisión es odiar de verdad a los romanos, el PP, más de lo que quieren a los suyos. La progresía, elitista y socialmente comprometida, estirada y enrollada a un tiempo, que quiere soplar y sorber a la vez, se encuadra en la izquierda indefinida de la que hablaba el filósofo riojano. El discernir cuál es el argumento ético que en ocasiones le guía, es harina de otro costal.

domingo, 1 de marzo de 2009

Garzón: homo iuridicus

No puedo negar, ni falta que hace, que el magnífico artículo que escribió Herrera en ABC me dio que pensar y me sugirió este post. No pretendo enmendarle la plana ni corregirle en modo alguno –vamos, ya me guardaré yo más que de mearme en la cama- sino dar mi visión personal sobre este hombre. ¿Qué digo hombre?: ¡este titán!
Alabado y denostado a la vez, objeto de encendidos elogios y críticas despiadadas, pasa con facilidad de insobornable a prevaricador. Socialistas y populares dicen de él y se desdicen después. Pedro Jota, su gran valedor en los tiempos del GAL, fue condenado por difamarlo en lo del ácido bórico. La forma en que instruye los sumarios ha sido siempre muy puesta en cuestión. Hasta se ha llegado a apuntar que si fuera escrupuloso en hacer cumplir lo juzgado, lo de la herriko taberna de Lazcano no hubiese ocurrido porque hace tiempo que estaría cerrada: una desidia como la del juez Tirado pero sin unas consecuencias tan desastrosas y sin sanción. El Mundo publicaba que un error suyo, al no acordar la prórroga de la prisión provisional, obligó a poner en libertad a dos presuntos narcotraficantes turcos. El mismo Consejo General del Poder Judicial que ahora le defiende tuvo que llamarlo al orden cuando andaba por esos mundos haciendo bolos con perjuicio de la atención de los asuntos de su despacho. Aparte de conferenciante, y a pesar de la sintaxis embarullada de que adolece la prosa de sus resoluciones, es autor de varios libros. Ian Gibson lo propuso para académico de la lengua.
Aunque luego la cagara con la instrucción, el procesamiento de Pinochet concitó en España una simpatía casi unánime; algo que no tuvo el proceso de la memoria histórica, divisor nacional y gran gatillazo. Discrepo de Herrera en que su afición a pisar charcos y meterse en jardines sea de los tiempos del zapaterismo. Pienso que se remonta años atrás y tiene que ver con su divismo, con esa egolatría patológica y daliniana (lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien). Cuando Felipe González le hizo la promesa televisada de un puesto relevante para luchar contra la corrupción pensó que había llegado a culminar sus aspiraciones. Luego, una vez hizo su papel de señuelo electoral de usar y tirar, por las resistencias del aparato del partido a cederle poder a un advenedizo sin pedigrí o lo que fuese (qui lo sa), quedó relegado a un papel secundario al que no se resignó. Todos entendimos su frustración y hay quien atribuye a ese contratiempo su confusión entre justicia y venganza. Desde entonces está ansioso. Al solicitar el certificado de defunción de Franco, Gustavo Bueno describió con estilete su mesianismo: “Garzón tiene complejo de Jesucristo para juzgar a los vivos y a los muertos”.
Reclama la independencia judicial y la desmiente con sus filtraciones interesadas. Fue a él, y no al juez de paz de Cangas del Morrazo, a quien pillaron en la cuchipanda cinegética en alegre camaradería con Bermejo y él fue quien concurrió como número dos del PSOE por Madrid, detrás de Felipe. Al retomar entonces la carrera judicial, unos y otros ya dudaron de su imparcialidad, así que tampoco resultan extrañas las acusaciones de Rajoy.
Cuando cocinaba la tregua, Zapatero confesó su intención de no cumplir la Ley de Partidos porque era muy dura (dura lex sed lex) y Carrillo, en la tertulia de La Ventana, afirmó que la voluntad política podía hacer innecesaria su observancia. Como si el sometimiento a la legislación y a los tribunales de justicia no fuera el primer requerimiento de un Estado de Derecho. Pero si mal está que un político se manifieste así, más grave resulta que un juez acomode su actuación a determinada sensibilidad política y esté atento a unas demandas localizables. En esa época de la tregua, se mostró escasamente preocupado por las exigencias jurídicas de la Ley de Partidos, excesivamente contemporizador y alejado de la máxima a la que se atienen los jueces respetuosos del derecho: Fiat iustitia et pereat mundus.
Don Baltasar parece estar a ese aforismo sólo cuando el cielo se hunde en una concreta dirección.

jueves, 20 de marzo de 2008

¡Cómo venía la prensa!

“Atízale en la ceja.” Como siempre que se pierde, el que debe dimitir es el entrenador. Sobre todo, cuando el error de cálculo, la elección de una táctica equivocada, ha sido tan determinante. Y eso que –aunque a lo mejor el otro tampoco estaba contra las cuerdas- Kid Pepero lo tenía todo a su favor para ganar. Yo no sé si debía haberle castigado el hígado o si el oponente era de mandíbula de cristal, pero la ceja no, desde luego que la zeja no. Además, ha trabajado tanto el flanco derecho que ha desatendido totalmente el centro. El centro para Federico ni siquiera existe.
Jiménez Losantos, su mentor, el ideólogo de salón, el hierofante, su consejero áulico, montaba en cólera cuando no le hacía caso, clamaba al cielo lanzando toda suerte de denuestos, exabruptos e imprecaciones, mientras la izquierda, poniendo cara de beatífica incomprensión y sin elevar el tono, se rasgaba las vestiduras ante lo crispado de la actitud. ¿Pues no ha tenido la desfachatez el tío de afirmar que la mayoría del partido le apoyaba (en su pleito con Gallardón)?
Tengo para mí que la niña, la famosa niña de Rajoy, tenía por nombre Mari Complejines. Así, sin unir a la primera parte del nombre compuesto la sílaba inicial del segundo. No se trataba de Maricom Plexines como pretendía algún julandrón. De malintencionados está llena la séptima Caldera (Jesús, ¡qué cruz!) de la segunda galería a la izquierda, del tercer sótano del infierno. Ya se lo dirán a ellos, ya. Tendrán su merecido; la pena acorde al delito, según la doctrina de La Divina Comedia.
En el otro rincón, el protoentrenador avant la lettre (y póstumo) y tocayo suyo (también José Luis de nombre) era Aranguren. Quien fuese catedrático de ética publicó en 1975 Talante, juventud y moral y, en 1985, El buen talante. Savater, además, le atribuía la palabreja (Un profesor diferente, El País, 18-4-96). O sea que podría decirse que él fue el padre de la criatura, el autor de la idea. Gustavo Bueno, inconmoviblemente cáustico y tan políticamente incorrecto como para hablar regular tirando a mal de un muerto reciente, escribía lo siguiente de él (¿Quién fue Aranguren?, El Mundo, 21-4-96) con ocasión de su óbito: “(...) socialdemócratas cristianos, algunos vergonzantes, ex-monjas y ex-jesuitas, que vienen pretendiendo ofrecer como símbolo de la democracia ética a la figura de Aranguren. (...) Sin embargo el reconocimiento de sus virtudes públicas no fue bastante para hacerme rectificar mi juicio sobre la mediocridad de sus dotes intelectuales. (...) Aranguren ha fallecido en fechas que coinciden simbólicamente con el final socialdemócrata de la monarquía consensuada, la etapa que escogió a Aranguren como emblema de la sabiduría, de la ética y del heroísmo, definiendo así su propio nivel de sabiduría, de ética y de heroísmo.”
Por mí parte, citaré esa pieza acabada de la filosofía que constituye la afirmación de Aranguren: “Desmoralizar es lo contrario de moralizar”. Robert Graves apuntaba (Yo, Claudio): “Me pregunté cuánto tiempo duraría este talante y durante cuánto tiempo cumpliría la promesa que había hecho al Senado –en la ocasión en que éste le votó el poder imperial- de compartir sus poderes con él y de ser su fiel servidor.” Felipe debía ser del gimnasio de los Hermanos Álvarez Quintero: “Cin acritú” (y sin zetas, al menos de las programáticas, porque sólo contando González y Arfonzo salen un puñao).
En fin, hablan ya del 2012 pero, según sus agoreras predicciones, ¿llegará España a la próxima cita electoral general? ¡Cuan largo me lo fían! Fíjense en la imagen del anuncio de un libro publicado por Jiménez Losantos en 1979. O sea que ya lleva tiempo con su pesimismo territorial y existencial, el hombre. Fue el primer libro del Ajoblanco. Era ésta una revista ácrata pero no, como el Star, en plan pasota, sino una cosa más seria. Para sesuda, El Viejo Topo; en cuya nómina de redactores y colaboradores figuraba Gabriel Albiac (filósofo que ha pasado por Diario 16, El País, El Mundo, La Razón, La Cope y Libertad Digital), Luis Racionero, Fernando Savater, Fernando Claudín, Gil Calvo, Juan Goytisolo, Román Gubern, Haro Ibars, Josep V. Marqués, Muñoz Suay, Ludolfio Paramio, Peri Rosi, Javier Reverte y Jorge Semprún. Karmele Marchante era la directora periodista del Star y también tenía a su cargo (ver imagen) la sección Abajo la Faloacracia del Ajoblanco. Además de Karmele, estaba en la redacción Moncho Alpuente. Entonces era cuando el feminismo se oponía a las violaciones ¡y a la pornografía!
A ver si al final Karmele va a ser periodista de verdad...